martes, 14 de febrero de 2012





Enredarse entre nuestros seres. 
Amar.
Ser uno.
 Miro tu cara, esos ojos brillosos, llenos de lagrimas, esos labios carnosos que no paraban de moverse. Moverse sin darse cuenta que todo lo que paso y pasa nos hacen sentir solos. solos, sin uno, sin el otro. Esa cara, esos gestos que no entienden, que no se encuentran, ya no puedes mirar con aquellos ojos por los que me hicieron sentir,  agarrando tus brazos flacos, tu cintura ancha tus costillas que apenas pueden llegar a verse y no soltarte, que todo esté bien y no soltarte,


 que me des paz. 


Verte de nuevo. Verte de nuevo y hacerme acordar a aquella mujer que vivía gracias a nadie. El hermoso plano desastroso que uno mira dentro de sus pupilas, ese plano que dentro de su mente sabe qué hacer y sabe que no es al fin un plano es solo su querer que proyecta a saber cómo ésta debe y como quiere que sea la vida, que sean sus ojos, sus manos, su ser. Maldito querer, siempre ahí, en todos los días que pasan en las vidas de cualquier ser, maldito querer por eso vivimos. Por eso somos tan humanos,  transpiramos nuestras propias culpas. La hipocresía que uno da que no niega tener, La razón que uno siente tener, solo por tener miedo de decir basta, de ir contra todo el mundo, contra aquellos que juraron convertir a todos en sus seres y ver aquellos bolas tranparentes de la vida que puede llegar a mirar cientos de veces y fijarse que estas mal, mal, mal. Mira bien. Mírate bien. Que te queda?
























                                                                                                                                                                                                      Nada.